La ola en plena carretera

Llevaba un día de locos. Un viernes en el que me despierto tarde, no llego a una charla sobre emprendimiento y para cuando pienso que me estabilizo... ¡¡Ring, Ring!!:

  -Bai? 

  - Nos vamos a Orrua. ¿Te vienes? Tienes veinte minutos para llegar al tren.

Corriendo a casa, preparar la tabla, la mochila y las deportivas para jalear un poco hasta la estación. Sueldo suficiente en la Mugi (tarjeta de transporte) y adentro a buscar un buen sitio donde sentarnos y colocar las tablas en un lugar seguro. "Siguiente parada: Zumaia". Por fin llegamos.

A falta de coche, nos tocó patear hasta el pico y cambiarnos en pleno campo, entre estiércol y hierba fresca.

A pesar de entrar tarde y que la marea no nos ayudase, cogimos algunas derechas con las que disfrutamos como niños en un "txiki-park". 

Un paisaje atípico y el buen rollo en el agua fue lo que compensó nuestra impuntualidad con las olas. Las vacas de público llegó la hora de salir, el momento más divertido. Esperar a la ola adecuado, dejarse arrastrar por ella y salir corriendo sobre las piedras negras de la playa para, finalmente, cruzar un pequeño río dentro de un túnel. Una aventura, ¿verdad? No corrieron la misma suerte mis compañeros que fueron atrapados por la serie. Incluso a uno lo lanzó por los aires. 

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La suerte cambió a bien cuando nos planteamos la vuelta a casa. Gracias a una conocida de uno de los amigos, pudimos meter las nueve tablas en el coche y descansar las piernas mientras apreciábamos el paisaje.

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Aprovechamos los últimos minutos para hacer un poco de turismo por nuestro patrimonio local y respirar la esencia de la que se viste la geología que nació hace 50 millones de años.

Una vez completamos la lista de imprescindibles en Zumaia volvimos con ganas a este viaje de 40 minutos. El tiempo pasaba y quedaba menos para el Kongo Jaia, evento benéfico en el que colaboramos junto a Gorka Gil.  

Una vez más la Garten-puerta se convirtió en protagonista. La utilizamos como lienzo para que Gorka pudiera mancharla de su explosión creativa. El resultado  asombró a aquellos en la terraza. Finalmente nos tocó despedirnos de ella: gracias a que la subastamos y se fuera a Alfaro, pudimos donar un poco de nosotros al Congo y ayudar, así, a jóvenes con gran ilusión por estudiar. 

Damos las gracias por días así que, aunque la mayoría sean improvisaciones, son las que se diferencian y nos hacen sentir vivos. Además de poder ayudar a jóvenes aspirantes del Congo. La sensación que nos quedó fue de absoluta satisfacción moral y física. No pudimos terminar mejor el día. 

Este día observamos las condiciones del mar y decidimos optar por las juguetonas.

Y tú, ¿hubieses atendido la llamada?

asenjoalex